En anteriores episodios hablaba de la familia de mi padre; o más concretamente, de las hermanas de mi padre (al hermano de mi padre no lo meto en el saco que es un sol de hombre). Pues hoy toca hablar del otro lado, es decir, de la familia de mi madre, en particular de su único hermano.

El hermano de mi madre es el equivalente a una arpía pero en hombre con panza.

La relación con el hermano de mi madre, y por extensión con su familia (exceptuando a mi primo, que es otro amor de criatura) está tensa por motivos que hoy no procede contar. Pero lo de hoy es la gota que colma el vaso. Ha estado esperando a que pasaran 30 años de la muerte de mi abuelo para, no pudiendo mi madre ya reclamar herencia por prescribir el plazo legal, escriturar la que fue la casa de mis abuelos a su nombre y al de su mujer. Y a mi madre que le den por culo, claro. El motivo por el cual mi tío ha podido hacer esto viene de lejos, al parecer tiene que ver con que en la época en que mi abuelo arregló el tema de la herencia, los inmuebles sólo se podían poner legalmente a nombre de una persona, y el elegido fue mi tío.

Afortunadamente tenemos algo que puede salvar del atolladero a mi madre, al menos desde el punto de vista legal. Pero eso supone que ella le ponga un pleito, si la cosa va a malas, a mi tío. Y el disgusto que tiene la pobre ya no por la casa, sino por la traición, no se lo quita nadie.

Tengo unas ganas inmensas de comprarme un bate de aluminio.